IN MEMORIAM SAMUEL BECKETT

    "Yo ya no se cuándo he muerto', 'No me arrepiento de nada, lo único que lamento es haber nacido, es tan largo morir, siempre lo he dicho, tan cansado a la larga".
     

    Por Javier Jurado.

    A cien años de su nacimiento (Dublín 13 de abril de 1906) la figura de Samuel Beckett permanece intacta, inalterable en el tiempo, su producción literaria tardía, es hoy husmeada por cientos de críticos y artistas, saqueada por frenéticos editores, “reflexionada” por toda la gama de académicos y hermeneutas de cafetín, y sin embargo este amasijo, esta mixtura que es la obra sellada del Aguila Dublinesa ese Mundus edificado en dimensiones evanescentes: SILENCIO, AUSENCIA, IMPOSIBILIDAD, se yergue pesado, altivo en medio del vocinglerio y alboroto de las celebraciones.

    Su torrente literario, roto intempestivamente como un dique saturado ante el signo que el llamaría “La Revelación” ya casi a los 45 años y a punto del  inevitable suicidio, riela caudalosamente todo el devenir del arte contemporáneo, aventuremos a decir que en KRAPP LA ULTIMA CINTA están las claves de ese momento revelador, en esta pieza de teatro, en la que veladamente Samuel Beckett se trasluce en el tormentoso ir y venir del viejo Krapp por su cuchitril, “Acabo de escuchar a ese pobre cretino que tomaba por mi hace treinta años, difícil imaginar que era estúpido hasta mas no poder, por lo menos eso termino, gracias a dios”.

    Estos paseos libres de un arte a otro de un medio expresivo a otro, de una forma estilística a otra significan contundencia en sus premisas estéticas, esa necesaria liberación del huracán que tenía por dentro lo llevo además a incurrir en los lenguajes más disímiles, e infranqueables, que con frenesí indagó: el Cine, la Literatura (novela, cuento, ensayo, poesía), el Teatro, La Televisión y la Radio.

    Samuel Beckett es como…decirlo….un Albert Einstein del teatro, su arte es un arte de los abismos, y en ello se asemeja mucho al Físico Alemán y su teoria de la relatividad, el espacio- tiempo conjugados y resignificados.

    La estructuración de los personajes por ejemplo, a los cuales hemos estado acostumbrados desde tiempo atrás, es decir personajes trágicos, novelescos, muy ceñidos  a los moldes narrativos de la época, planteados casi en un universo meramente literario, bajo principios aristotélicos y que pese a las experimentaciones en este campo realizadas por Tadeuz Kantor, George Streller, Heiner Muller, Eugenio Barba y otros, aún no han sido superados por nuestros imaginarios, anclados en ese viejo molde del personaje antaño.

    La postguerra nos cambio a todos, El hombre es algo que debe ser superado, la condición de modernidad se impone no como posibilidad si no como castigo, y no con la lúdica visionaria de Rimbaud “Hay que ser absolutamente modernos”, si no con la fuerza arrolladora del consumo.

    El personaje beckettiano, salido de las sombras espectrales de Strindberg, de las callejuelas apestosas de Dublín, seres que vegetan, atrofiados y detenidos irremediablemente en la inacción, personajes que no son propiamente clochards  parisinos, si no vagabundos que viven tan solo de recuerdos, bañados quizá por un sol que brilla por que no le queda mas remedio. Esta paradoja del personaje expuesta al límite en la trilogía Molloy, Malonne Muere, y el Innombrable y llevada límite en “Esperando a Godot” descarrila esa antigua visión que como un fardo llevamos del personaje.

    El espacio delimitado en sus novelas y obras de teatro, detallado, hasta el cansancio por el autor (el burócrata de las acotaciones), no deja cabo suelto, para otras interpretaciones, es el lugar ideal para que sus personajes deambulen en atmósferas cargadas de signos que adquieren entonces un panorama desgarrado y asfixiante, sin salida, donde todo gira at eternum.

    El tiempo como dimensión y clave de la significación en la obra del Dublinés se hace imprescindible indagarlo con mayor detenimiento ya que en su dramaturgia y en toda su obra anda por senderos pedregosos e inasibles, Ausencia, quietud, recuerdos, y hasta máquinas escénicas nos están recordando esta infinitud del instante. Esa contención exasperante del estatismo, de lo inútil del devenir, y siempre como en Kafka rodeados de fuerzas siniestras y ambiguas que atan a los personajes a él implacablemente.

    La reivindicación de la obra de Samuel Beckett, es más vital hoy por cuanto su obra no decae  en su simbología y fuerza expresiva, es imprescindible fomentar su estudio y exploración más abiertamente, sin poses intelectuales, muchos artistas que lo han trabajado juiciosamente han sabido encontrar esas fuentes secretas de su poderosa creación e inventiva, reencontrando nuevos vectores, nuevas claves para el teatro mismo de nuestro tiempo, y ahora más que nunca cuando muchos alardean embelesados tener la llave de las “nuevas tendencias”.